martes

Feos

Para aquellos que pecamos de esa suerte de esquizofrenia que es la ingenuidad las causas perdidas son nuestras particulares ideas delirantes. No aprendemos que por mucho que lo deseemos, que le demos cientos de oportunidades a las cosas, hay cuestiones que son inamovibles. Digo esto porque ya he escrito varias veces, aunque no aquí, sobre cierta peculiaridad de esta ciudad que me preocupa y me perturba, y que por más que intento dejar que se me convenza de lo contrario no hago si no estar cada vez más y más seguro de ello; y es que esta noche he vuelto a llegar a la conclusión de que en esta ciudad la gente es constitutivamente fea.
Esta teoría que muchos podréis calificar deplorable y que pocos comparten conmigo, conlleva una explicación que sin embargo ha sido vehementemente contrastada por personas ajenas a mi opinión: los niños aquí son cada vez más feos. Desconozco si este hecho obedece al agua, a las series de televisión o a alguna suerte de degradación del esperma producida por llevar demasiado tiempo los móviles encendidos junto a los cojones, ya de por sí comprimidos y torturados por vaqueros y pantalones pitillos de tallas imposibles, pero el hecho cierto es que con niños tan feos resulta cuanto menos ingenuo esperar que algún día, por obra y gracia del Espíritu Santo (o promiscua paloma, como me gusta llamarlo) se tornarán en criaturas celestiales dignas de ser admiradas con mayor o menor lascivia.
No obstante, últimamente me inclino por descartar esta teoría del todo biologicista, y reduccionista por tanto, a favor de otra más psicológica, y es que tiendo a pensar cada vez con más convencimiento que la fealdad es un estado de ánimo. Todos estos seres cuyas facciones ofenden a la vista tienden a habitar algunos de los bares, discotecas y antros nocturnos que visito con cierta frecuencia, pero también es cierto que en aquellos que más frecuento por una mera cuestión de preferencia musical, este fenómeno se percibe en mucha menor escala. Si la música es capaz de crear en nosotros sentimientos, ¿cómo no pensar que pueda inducir la fealdad en las personas? Sin embargo lo peor de todo es que se sienten del todo orgullosos de su fealdad y la proclaman y exhiben sin pudor alguno para horror de mis ojos ya de por sí torturados.
Puede que todo esto os parezca superficial, pero es que a mí me encanta la estética, me encanta Rubens, el barroquismo, esos dorado… per què no la mujer vestirse con toda su lujuria, per què no? Únicamente una petición: hacedlo en lugares con música decente y así seréis más guapos…

domingo

Sobre siluetas imposibles

Es bastante probable que mi susceptibilidad con respecto a este tema obedezca únicamente a mi reciente ternesquismo, pero estoy muy preocupado por la forma de comer de la gente. Parece ser que la anorexia ha dejado de ser una enfermedad para convertirse en una suerte de estado de ánimo entre la población del mundo desarrollado, bueno, seamos justos, entre la población pretendidamente moderna de los países pretendidamente desarrollados. Por lo visto ellos y ellas (no seamos machistas) encuentran cierta fascinación por los cuerpos fugaces que han de ser contemplados dos veces para reparar en su existencia, en los rasgos afilados por los huesos que se marcan bajo una ropa muchas veces demasiado ajustada como para hacer justicia a sus rostros seriados copiados del maniquí más maricón del escaparate. Ellos (y ahora hablo directamente en masculino, pues es lo que más me preocupa debido a la irreductible tendencia de la cabra a tirar al monte) parecen seguros en su cintura ínfima subrayada por unas camisas que pretenden parecer corsés en su versión de modernas de mierda ( y aquí le tomo la expresión magníficamente hilvanada a putilatex). Lo que ellos no saben pero yo sí sé, no por nada, sino porque lo he soñado, es que puede ocurrir que en una de esas ocasiones en que se rinden al deseo dejando hacer al amante para adoptar sumisa postura corren el riesgo de atrapar entre sus huesos a la pelvis ajena para vergüenza propia y entretenimiento de los residentes de guardia. Su desprecio absoluto para con todos aquellos que no pretenden emular a Sisi emperatriz en su más cruda faceta de obsesa de la apariencia sólo es comparable con el divertimento que me proporciona verlos contoneándose en los mismos lugares que yo habito, intentando levitar pero frenados por sus pantalones de colores impensables caídos bajo un culo cuya existencia es cuanto menos cuestionable. En circunstancias como ésta una mirada no correspondida es una confirmación de que uno siempre tiene razón…